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María Antonia García de la Torre
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Los que encontrarán a continuación son cuentos en proceso, ninguno está terminado pero igual lo pongo online para darles el placer de leerlos y de enviar comentarios.

El bolso azul

 

Abrió los ojos para ver los dedos relajados en torno al bolso azul. Ya la mano contraída y negra era una fina reproducción rosada de largos dedos y uñas acanaladas con el esmalte transparente roido en partes.

Hacia las cuatro de  la mañana cogieron un taxi para aprovisionarse de la sustancia que lo mantenía despierto. Bajo esos techos de ladrillo que bordeaban la avenida, cerró los ojos unos segundos casi como una defensa de esas calles negras que ahora atravesaban, como una distracción momentánea frente a la voz que llegaba a la parte derecha de su cuerpo. Cerró los ojos, cerró los puños, esos puños negros untados de noche negra en una calle blanca. Desde la parte anterior de su cerebro tuvo una serie de reminiscencias ligadas por el azar y por el libre tránsito de su memoria por cuartos opacos de años pasados.

Se recostó contra la ventana en la que aparecían habitantes grises y reventados por la desidia. O

 

El mono

Bueno mono, a usted le figuró hacerle la ofrenda al Ekeko hoy -dijo Pablito mientras se fumaba un Lukcy apagado. Los fumadores, los que sí prendían sus cigarrillos lo miraban sentados en el umbral que comunicaba la sala del corredor. Paola sacó el muñeco del bolso y lo puso en la mesa de centro, rodeado por celulares y por fotocopias de cuentos. -Quisiera recordar las palabras de Faulkner el día que recibió el Nobel -empezó Sergio mientras desplegaba sus largos brazos en gestos abiertos y agitados. -Por que es que cuando yo me gane el Nobel, yo Ekeko latinoamericano... -soltó Carlos con una risita insinuada. Todos soltaron la carcajada y aprovecharon para reiterar con una actitud colectiva, la modestia que refundía la necesidad imperante y el convencimiento de cada uno, de ser mejor escritor que los demás. -Bueno, bueno, ala, les pido un minuto de silencio para poder oir las palabras de un grande -interrumpió el joven dieciochesco con un acento rolo impostado. Durante la lectura de esos pocos párrafos, los cuatro cigarrillos del umbral se consumían embelesados. Cada palabra que emitía el larguirucho Sergio, endulzaba el paladar de estos iniciados en las letras.

Sweetie jugaba con su pluma de guacamaya, con esa pluma que se había puesto en la oreja derecha y, desde ciertos ángulos, se insinuaba una tenue pero inconfundible raya separadora de las nalgas, por fuera del jean descaderado. Miguel pensaba concentrado: se le ve la alcancía, se le ve la alcancía, su entrepierna crecía.

Parte del grupo oia las palabras de Faulkner, parte pensaba en ese jovencito, ya director de teatro y escritor a los dieciocho. Sus largos brazos bailaban al vaiven de las letras que entonaba con ritmo y sentimiento y Miguel pensaba en la alcancía de Sweetie.

Las palabras de Sergio precedieron el ritual: de su bolsilló relució una hebilla de muñeca, que incrustó en la bolsita de café colgante del cinto del muñeco que reposaba en la mesa.

Retrocedió con solemnidad y en el ambiente se respiraba ese aire de monasterio que despiden los recintos sacros.

El Ekeko se dejó adornar, como solía ocurrir cada cierto tiempo y sostenía con paciencia todos los símbolos epistemológicos que le colgaban desde poco más de un año.

Pronto comenzó la ronda de lectura. Cada uno recitó sus versos, para luego escuchar con detenimiento los comentarios de sus compañeros. La ronda obedecía a una necesidad que mueve a los adolescentes a hacer cuestionarios en cuadernos y rotarlos en clase. ¿Qué te gusta de mí?, ¿Quién es tu mejor amigo?, ¿De 1 a 10, cuánto me quieres? para luego leer con calma y sosiego, los piropos de cada uno de sus allegados.

Algunos lo llaman "taller de cuento", otros, "sociedad del mutuo elogio". Sobra decir que ambos términos chillan si se los pone juntos, dada su naturaleza homogenea: unirlos sería cometer pleonasmo en primer grado.

Pablo dijo de inmediato, y con pausas sobrias y sabias, que el cuento de Sweetie le encantaba y que, en cambio, le parecía mal, como feo, poner "bujía" en un poema. -Hombre Sergio, no es con la intención de ofenderlo, pero es que su poema no me dice nada -concluyó.

Inútil sería tratar de describir con palabras, la suavidad con la que, a continuación, las señoritas le ofrecieron coca cola al ponente. Rodaban derretidas por la sala y se apeñuscaban en la cocina para servirle al joven que los había iluminado poco ha, con su sensibilidad.

to be continued...

 

La voz

El micrófono le cubría parte del rostro y de los labios. De lejos parecía una pintura renacentista pero las palabras coloquiales que llenaban el auditorio eran de una joven con la camiseta custeau con un rostro pop al frente. No levantó la mirada de las hojas en ningún momento, ni siquiera cuando alargó el brazo izquierdo para alcanzar el vaso con agua. Leía, con una voz casi madura desde un cuerpo de piernas largas y delgadas. Pocos ojos enfocaban la atención en ella, cada palabra que el micrófono magnificaba, traía voces de otro paraje, ella hablaba con esa voz distinta que se usa cuando el fondo es el ruido del viento meciendo las olas. Usaba esa voz que se endurece con el chocar de las olas contra las rocas, con el roce salado del agua en los tobillos de los paseantes. Pero era un hablar como de arena ya casi sin sol, cuando da miedo dar paseos por la playa llena de jaibas furtivas.

Eso pensaban las sesenta y cuatro personas que todavía estaban en la sala escuchándola. Su voz era en realidad voz con eco de hotel, con ondas sonoras que chocan con un televisor que cada dia cambia de televidente, con periódico colgado de la perilla de la puerta en una bolsita transparente, con sonidos de otras voces en claves diversas.

El auditorio se convenció de que no alzaba la mirada por una concentración excesiva y el ceño fruncido era tal vez un intento exagerado por quedarse ahí con ellos y por no dejarse ir a la habitación iluminada del hotel.

Cada espacio en blanco de la página entre dos bloques de letras, era un click en el control remoto, un cambio de canales mientras esperaba la revista que había pedido a la recepción. Su mecanismo de defensa, para que no vieran en ella el nerviosismo del que no sabe lo que espera en la habitación de un hotel bajo el click click del control remoto, era siempre frotarse las manos para bajar un poco el entumecimiento de sus dedos largos y transparentes.

Pasaban las páginas en su ponencia, como si le ordenaran a la mano que simplemente les diera un empujón para quedar de cara contra el mantel blanco de la mesa. Pasó una y luego otra hoja, y cada roce de hoja en la mesa de los ponentes era como el claro roce de sábanas en esa cama tan de nadie, tan de todos. Pero el público, despistado, oía en ese voltear de páginas, más un crujuido de pinzas de cangrejo sobre la arena tibia pero ya sin sol.

Ella se sentia en evidencia, había develado que pensaba en el hotel, su voz era demasiado dura para ser voz de ponencia en recinto frío. Por fortuna los matices inextricables de su voz, los giros inesperados y casi caprichosos, confundían al auditorio pues pensó de inmediato, con su mente de romanticismo del novecientos, que la joven seguramente estaría pensando en el mar y en los paseos de media tarde al lado de esa laguna llena de matas babosas y de anguilas.

Pero ella sólo sentía, revivía en la mente una caricia jamás hecha en un hotel con habitaciones claras de lámparas en forma de concha contra la pared. El final de la ponencia derivó en un retorno a la sala (ahora con 57 personas), a ese frío que sólo podía evocar ese mismo frío, con una voz de conferencia, incisiva, tajante.

 

Cicciarone city

La tía clemen dice que nada puede ya hacer con las picaduras de mosquito que le llenaron las piernas a la bebé. No querida, yo sobe que sobe con hoja de camomila y nada que se le bajan las ronchas y tiene esos piecitos que ni que se fuera a ir pal infierno por camino empedrado que mi dios lo castiga con semejante ronchononón. Más bien vaya mamita a preparar el algo porque es que con este sofoco, la comida distrae la maluquera. Vení nos sentamos aquí en el fresquito porque este calor si me va a matar. Uno nunca puede tener lo que quiere en este valle de lágrimas, yo sufra que sufra de calores del cuerpo y justo me tocó el castigo de vivir en este medellín de infierno.

A Pablo, ya que preguntás por él, no no no está muy mal. Recién llegado a España estuvo muy maluco, casi se muere porque se le bajó el potasio en la sangre. Es que yo siempre le dije pero como él no escucha sino que siempre anda con ese putogenio, no hizo sino hacer ejercicio como obsesionado y claro, yo no creo en esos fanatismos católicos pero es que todo en esta vida se devuelve. Cuando murió luisemilio este berraco ni se asomó por cuidados intensivos y no hizo sino pelearle al papá. No querida, es que ese carro lo atropelló porque de la furia no atinó a mirar a lado y lado de la calle.

Eso fue pura culpa de pablo que no tuvo la consideración de no revirarle a luisemilio, el pobre todo ofuscado y claro, con sus guarilaques entre pecho y espalda, se le botó a los carros, como llamado por la muerte.

Y claro, ahora pablo que andaba de muy altanero, tome que la vida las cobra toiticas. No quiso al papá, no hizo sino peléale y ahora le tocó seguir por el mundo apenas arrepintiéndose por ese mal que le hizo. Es que eso del destino si tiene como sentido cuando a uno le toca presenciar estas casualidades. Con esos niveles de potasio está a nada de dejar viuda a la pobre ana. Pero eso sí, querida, apenas Pablo se maluquió en españa, yo estuve muy mal, pasé más de una noche de perros y estuve a nada de un preinfarto. Y Putogenio emberriondado por todo, casi ni nos llamaba ni nada. Y este muchachito lleno de ronchas te cuento que yo ya no aguanto más. Pablo con su putogenio y la valerota no para de trabajar en ese puesto ahí como de medio pelo ganando una miseria.

Después llega a la casa neurótica, no le cocina al marido sino que le deja todo listo dizque en el microondas. Ya casi no tiene ataques pero yo era reventada cada vez que me tocaba recibir llamadas de la cardiovascular, que ya tuvo otro ataque, que la necesitamos ya por acá.

 

 

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